La isla
Intervención colectiva en el espacio público
6 - 18 octubre 2022
Ubicación: Paseo Sarasate, Pamplona
Organiza: Encuentros de Pamplona 72-22
Artistas: Lankidetza-proiektuaOrekari, Miren Doiz, Fermín Jiménez Landa, Amaia Molinet, Leire Urbeltz, Iosu Zapata.
Trabajo: Comisariado
Fotografías: Jorge Tellechea
Web: https://www.losencuentrosdepamplona.com/encuentros-72-22/
LA ISLA, una plaza pública
Primero elegimos el lugar, el Paseo Sarasate, es decir el mismo emplazamiento que ocupó Isidoro Valcárcel Medina en los Encuentros de Pamplona de 1972 con sus polémicas Estructuras Tubulares. Dicho Paseo conserva la misma colección de estatuas de reyes y los mismos adoquines. Forma una franja limítrofe entre el Casco Viejo y el Ensanche de la ciudad, un espacio de tránsito que también sirve de lugar de encuentro al estar dotado de múltiples bancos en sus laterales. Además, acoge continuamente concentraciones políticas, carreras solidarias, ferias de producto local, tómbolas, etc. El equipo tuvimos la primera reunión en ese lugar, a pie de calle, y decidimos situar nuestra instalación en el cruce de los recorridos para interferir en los quehaceres de las personas.
De ahí surgió la idea de LA ISLA como territorio de excepción en medio de la vida urbana y espacio de creación artística al aire libre, abierto día y noche. El concepto que sirvió de cimiento a la propuesta fue la evocación del futuro como un acto que conlleva preguntas, miedos, esperanzas o cuestiones a debate y que puede generar una cadena de gestos y transformaciones. Nos propusimos como regla del juego que la instalación se fuese construyendo en el Paseo, mostrando lo que habitualmente queda oculto detrás de las paredes del taller del artista, y aceptando la porosidad de LA ISLA al exterior.
Dibujar un gran círculo de 9 metros de diámetro en el suelo del Paseo fue la primera acción que realizaron los miembros de la cooperativa de arquitectura Orekari, Xabi Urroz, Itxaso Iturrioz y Ioar Cabodevilla. El segundo gesto fue tan rotundo como una declaración: verter varios contenedores de escombros en el interior del círculo. Así, restos de ladrillos, piedras y azulejos que provenían del derribo de una casa de los años 70 pasaron a conformar el suelo de la instalación. Y esta gruesa alfombra de deshechos vino a materializar la idea de ruina o de legado, según como se mire, y sirvió de asentamiento para las reflexiones sobre el futuro.
A continuación se levantaron paneles de madera verticales, como si fuesen los árboles de un bosque. También se colocó en una pequeña superficie de la instalación un techo para que LA ISLA ofreciera un refugio en la intemperie. Medio circulo quedó despejado para albergar la obra de Fermín Jiménez Landa titulada Estrella Lejana: una farola urbana que se colocó tumbada en el suelo de escombros y se encendía por la noche. Una farola que también se acompañaba de una invitación a ser alzada entre varios voluntarios para recobrar su posición vertical. Esta acción se llevó a cabo cada día al ocaso. Un gesto de muchas manos, un poco torpe y jovial, que aludía a las pequeñas hazañas colectivas, al hacer juntas.
En un lateral de la ISLA, Leire Urbeltz fue pintando un mural en varios paneles distintos de tal modo que sólo situándose en un punto frontal se observaba la imagen completa. La obra que tituló Entre burras y ovejas eléctricas representaba un paisaje abstracto, un archipiélago de formas en relieve compuestas por capas de color, desde el azul del cielo hasta el negro de la noche pasando por el amarillo del alumbrado. Un cocodrilo, una vaca, un pez y un perro, hechos con tablillas del parquet de la casa de la abuela de Leire, vinieron a habitar el paisaje, dándole al conjunto un aire naif y encantador de “arte brut”. Lo emotivo y vivencial de la intervención fue que Leire compartió todo el proceso con familias usuarias de la despensa del Paris 365 recién llegadas de Perú, Ecuador, Colombia y Brasil, inventando previamente los animales en un taller y luego pintando juntas in situ.
Así, cuando llegaron Miren Doiz, Amaia Molinet y Iozu Zapata, LA ISLA se llenó de actividad, despertando la curiosidad de los transeúntes. Continuamente las artistas eran interpeladas por el público. Coros de personas leían con detenimiento el programa de mano y hacían preguntas a los mediadores, Ander Iribarren e Iker Rico. Se entablaban conversaciones estimulantes y filosóficas. LA ISLA se volvió una plaza pública. Un lugar de arte, encuentro y charla.
Al hilo de la acción de Orekari, Miren Doiz decidió usar elementos de mobiliario de la vivienda de los 70 para su intervención en LA ISLA que tituló En construcción. Marcos de puerta, cajones, una persiana metálica, listones, etc. se vieron liberados de su función propia para formar parte de una escultura expandida. Cada uno de los objetos perdió su orientación original, como la persiana que mostró su capacidad para torcerse y elevarse hacia el cielo. Parecía que después de su paso por el contenedor o de haber sido testigos de alguna catástrofe, cada elemento estaba encontrando una armonía en este nuevo ensamblaje con el resto de materiales. Además, Miren añadió unos toques de pintura como guiño al despliegue de color del mural de Leire, dejando así su impronta como pintora en la pieza.
Por otro lado, Amaia Molinet quiso llevar a LA ISLA un jardín. Un jardín marcado por el cambio climático, es decir, un jardín resiliente. Lo primero que hizo fue remover el escombro para formar pequeños montículos. Ahí plantó una colección de plantas suculentas que cuentan con órganos de reserva de agua y de esta manera sobreviven en climas áridos. Además Amaia pintó las paredes del jardín con una pintura fotosensible que se tornaba azulada con la luz del día y se volvía blanca por la noche, recordando de este modo la importancia de la alternancia del día y de la noche en el ciclo biológico de los seres vivos.
En su intervención El jardín del futuro 72-22-72, Iosu Zapata escogió la ausencia de luz que conocen las semillas bajo tierra. En LA ISLA, preparó 21 botellas que al término de los Encuentros, enterró en el jardín del Palacio Ezpeleta con la consigna de que permanecieran ahí durante los próximos 50 años. Iosu invitó a amigas, compañeras del arte y paseantes a que dejasen un escrito, un dibujo o un pequeño objeto en torno al jardín del porvenir en una de las botellas. Recibió cada una de las aportaciones como si fuese el testigo o el guardián de una colección colectiva de deseos y pensamientos íntimos. Así, dado que toda isla debe tener un tesoro escondido, ahí quedó la caja de las 21 botellas unos centímetros bajo tierra, a la espera, como archivo de experiencias vividas en LA ISLA y especulación del futuro próximo.